La conurbanización del interior

En esta nota se destaca el cambio que se observa en los aglomerados del interior del país en términos de participación laboral y empleo, que los asemeja al comportamiento observado hace ya tiempo en el conurbano de Buenos Aires. Y las reacciones de política pública que favorecen el crecimiento de la informalidad empresaria y laboral.


El neologismo -ya utilizado por diversos investigadores[1]– refiere a la adopción de pautas de comportamiento o modelos de gestión política que prevalecen en el conurbano de Buenos Aires y se extienden a otros ámbitos. Es un fenómeno que, sin embargo, va más allá de lo político puesto que puede también reflejar cambios de comportamiento de los agentes económicos que se asimilan a los que caracterizan al conurbano. En particular, el término de conurbanización puede asociarse a cambios en la actitud de las familias e individuos en relación con la búsqueda de ingresos y la forma de inserción en el mercado de trabajo. En lo que sigue vamos a destacar el cambio que se observa en los aglomerados del interior del país en términos de participación laboral y empleo, que los asemeja al comportamiento observado hace ya tiempo en el conurbano de Buenos Aires. Y las reacciones de política pública que favorecen el crecimiento de la informalidad empresaria y laboral.

En otra parte hemos señalado que el funcionamiento del mercado laboral no responde tanto al ciclo político que se enfrenta en un momento dado, sino a la reacción al ciclo económico que resulta de un mercado mal regulado desde hace décadas y con discrecionalidad en el control y castigo de lo que se aparta de la norma, que conspira contra la creación de puestos formales e induce el empleo precario, ya sea de carácter asalariado informal o cuentapropista. Ello, por supuesto, siempre que la familia no se “saque la lotería” de que algún miembro del hogar logre un empleo en el Estado. Lo importante no radica tanto en que se trate de ingresos altos o medianos, sino que, en cualquier caso, el empleo sea estable (un derecho adquirido, un entitlement irrenunciable). Para un individuo de calificación intermedia o baja –y para su entorno familiar- el empleo público es un seguro de ingresos respecto de cualquier otra alternativa en el mercado laboral.

Para el resto –para quienes no consiguen un empleo de por vida-, las alternativas no son sencillas en una economía casi estancada. La economía argentina oscila mucho y violentamente, pero crece poco. Y aun en los raros periodos que crece aparecen muy pocos puestos de calidad disponibles en el mercado: como referencia, en los últimos 11 años el número de puestos formales asalariados en el sector privado aumentó a un ritmo de 24500 por año, poco para un mercado que requiere cubrir unos 360 mil puestos anuales. En esas circunstancias de extrema escasez de buenos puestos, la vida se abre camino. Es decir, cuando la oferta de empleos de calidad se restringe por las razones que sean –en particular porque las normas laborales y jurídicas desalientan la contratación-, la población “salta el cerco de la formalidad” y busca formas alternativas de empleo sin contrato formal. La población se abre camino en actividades por cuenta propia (donde cada uno trata de encontrar su propia demanda) o en la informalidad asalariada (trabajando en empresas que están ellas mismas al margen de la formalidad tributaria y regulatoria, que arriesgan poco capital para cada empleado). Son actividades de baja productividad pero que proporcionan un ingreso sin demasiado esfuerzo y tiempo de búsqueda. Una salida que no proporciona un ascenso, pero que evita un descenso a los estratos inferiores de la indigencia. Nada nuevo, pero al menos una salida como ilustraba décadas atrás Hernando De Soto describiendo el impulso de la informalidad en Perú en El Otro Sendero.

Debemos reconocer que esa caracterización de la informalidad de Hernando De Soto como mecanismo de supervivencia en un entorno hostil a la formalidad, que modela la involución de una sociedad hacia un futuro de mediocridad, se ha instalado en la Argentina. Hay mucho movimiento, mucho dinamismo, en un sendero que conduce a pérdidas crecientes de productividad e ingresos.

El mercado laboral refleja con nitidez ese proceso de deterioro. Actualmente, el país no enfrenta un “problema de empleo” como se ha dicho reiteradamente, sino más bien el mismo problema de muchos países centroamericanos y del viejo Perú descripto por De Soto: estamos próximos a un contexto de casi pleno empleo, pero con empleos cada vez de peor calidad que solo pueden ofrecer bajos ingresos, aun así, insostenibles en términos reales en el tiempo.

No es una situación nueva. La Argentina tuvo bajo desempleo en épocas de profundas crisis económicas: entre 1970 y 1989, la tasa de desempleo en GBA fue de 4.4% (con picos de 7.4% y 7.6% en las ondas de abril de 1972 y de 1989), en un periodo que, con alta inflación, el problema de la contratación laboral se resolvía deprimiendo los salarios. La inflación esconde el desempleo al deprimir los salarios, porque baja los costos de contratación (con salarios que cuando se pagan y se cobran conservan solo una fracción de su poder de compra).

Por esas épocas, la participación laboral –la proporción de quienes estaban buscando empleo u ocupados- era baja en todo el país, pero las cosas empezaron a cambiar con el aumento de la participación de las mujeres en los ’80 y ‘90, y más recientemente con el estancamiento económico que indujo a una parte de los que estaban fuera del mercado a incorporarse para obtener algún ingreso –más allá de los planes-. Esta evolución reciente es algo diferente a un movimiento de largo plazo como el de la incorporación de mujeres, porque se trata de una respuesta a la evolución cíclica de la actividad y de los ingresos, pero puede llegar a superponerse con esa tendencia de más personas a ingresar al mercado. Después de todo, cabe recordar que, hasta no hace mucho tiempo, las tasas de actividad en el interior del país eran en algunos casos extremadamente bajas: hacia 2007/8, mientras la tasa en el Gran Buenos Aires promediaba 47.8%, la misma tasa era 43.3% en el interior urbano argentino, con mínimos de 37% en el Noreste del país y 34% en lugares como el Chaco y Formosa. Como quizás diría McLuhan, el feudo es el mensaje.

Las cosas van cambiando: hoy (con datos del primer trimestre de 2023), la tasa en GBA subió 1.1 puntos, a 48.9%, respecto del 2008, mientras que en el interior urbano subió 4.3 puntos, a 47.6%. La mayor parte del aumento ocurrió entre fines 2017 y hoy, e independientemente del signo político del gobierno en ejercicio.

Gráfico 1

La reacción frente a las crisis

¿Cómo reaccionan los individuos y las familias frente a una crisis de actividad económica, de caída de sus salarios reales y/o del empleo? La respuesta que ha prevalecido en las últimas tres décadas es la de sumar algún miembro del hogar al mercado de trabajo en busca de un empleo. Ese aumento de la tasa de actividad (porcentaje de individuos que están en el mercado buscando empleo o ya ocupados) fue la reacción típica durante el Tequila (1995), la crisis brasileña de inicios de 1999, la ruptura de la convertibilidad (2002), la crisis macroeconómica de 2019 y en la crisis actual (2022/23).

Esta reacción del mercado se conoce desde hace mucho tiempo como el “efecto del trabajador adicional” que, en términos microeconómicos, responde al peso que tiene un efecto ingreso negativo sobre las familias. El efecto ingreso se puede dar tanto por una caída del empleo (alguien se queda desocupado en el hogar) como por una caída de los ingresos de transferencia o una caída de los ingresos reales. Aun cuando las causas puedan ser diferentes, la reacción es la misma: aumenta la oferta de trabajo (más gente ingresa al mercado) en un escenario en que podemos ver un salto en el desempleo (1995, 2002) o un salto en el empleo en formas precarias (situación que prevalece en los últimos años): la población se “autogenera” trabajo en forma de asalariado informal o de cuentapropista.

Esto es una copia de lo que ya acontecía en el pasado en GBA, pero que ahora se ha trasladado a todo el país, en una creciente informalización de empresas y de empleados sin contrato. Para el año 2022 –datos de INDEC, cuentas de generación del ingreso-, 72% de los nuevos puestos de trabajo generados fueron de asalariados informales y cuentapropistas. Para el primer trimestre de 2023 –según se infiere de la última encuesta de hogares-, el porcentaje es igual o mayor, con un aumento abrumador de asalariados informales. Este proceso de conurbanización profundiza su magnitud –cada vez más empleos sin contrato y de bajos ingresos- y su extensión geográfica. El salto del empleo es notable, y en la mayoría de las regiones se da con una caída del desempleo pero con un escalamiento de la informalidad.

La responsabilidad institucional

Se puede argumentar que los factores que llevaron a esta situación son múltiples, y con esa aproximación de razones multicausales terminamos exculpando a los responsables del proceso. Sugiero que quienes se preocupan del problema pongan el foco en la creciente discrecionalidad en el control de normas que son muy estrictas. Las penalizaciones que son aplicadas con discrecionalidad no solo devienen en alta corrupción, sino que inducen a que se abran espacios de una “informalidad” permitida por los controladores. Así como los “arbolitos” pululan libremente por las calles del centro de Buenos Aires ofreciendo la compra-venta del fruto prohibido (el dólar), así es como el Ministerio de Trabajo y las Direcciones Provinciales de Trabajo evitan castigar la violación de las normas estrictas que la ley impone a subgrupos y categorías no muy bien definidos, pero que claramente incluye a pequeñas empresas –pero no a todas-, a las medianas –pero no a todas- y a las grandes –pero no a todas, depende del accionista-. Este tratamiento discriminatorio que permite que las empresas públicas y organismos del Estado puedan violar normas laborales y que en el sector privado el control sea de carácter discrecional, favorece las conductas de “mantenerse debajo del radar”, buscar socios en el Estado y no crecer demasiado a menos que se tenga protección. Las empresas se vuelven cada vez más informales, como el país y los empleos. Es un camino de ida.


Juan Luis Bour

[1] Gabriel Noel y Lucia Abrantes (La Larga Sombra del Conurbano. Conflictos y disputas en torno de la conurbanización en dos ciudades del interior de la Provincia de Buenos Aires,  2020), Carlos Pagni (El Nudo, 2023).

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